Un mal recuerdo

Quizá los recuerdos sean el reflejo de algo lejano que algún día sucedió. Quizá sólo sean una palabra que resiste a su olvido despertando una y otra vez alguna emoción, o, quizá son sombras que se niegan a soltar su esencia, convirtiéndolas en una carga difícil de llevar. Pues los recuerdos tienden a la mirada perdida hacia atrás, al lamento de lo que algún día fue y dejó de ser sin poderlo evitar: el primer beso, la primera cena en el Hastson, el primer “te quiero”… Todavía recuerdo todo eso y algo más. Recuerdo que íbamos a casarnos, a formar una familia, que todo estaba a nuestro favor y que las ganas de seguir adelante acaparaban todo nuestro ser. Recuerdo que subimos al coche aquella tarde mientras seguíamos hablando, sonriendo, escuchando aquella música de fondo que tanto nos gustaba. Recuerdo que te acercaste y que nos besamos, seguramente nuestro beso debió reflejarse en aquel redondo y viejo retrovisor, y, luego: el más absoluto silencio.

El coche debió salir de la carretera y terminamos ahogándonos en el mar. No recuerdo nada más. No, espera, ¡miento! Recuerdo que unos minutos antes te dije que tanto amor sólo podría traernos alguna que otra tragedia.

©Xavier Turell i Nebot, 2016

El gato

No hay quién entienda a mi amo. ¡No os podéis imaginar cómo se ha puesto!

Es una plácida tarde de domingo: yo, tranquilo, buscando con calma un solitario recoveco de la casa donde poder descansar. Doy unas vueltas, tanteo el terreno, entro en su habitación y me invade una gran sensación de paz que me obliga a bostezar. Arrastrando la cola deambulo por allí lleno de curiosidad hasta encontrar el lugar perfecto. Ya está, ya lo tengo; y me duermo. La culpa de tener un mal sueño y de que mis patas se muevan en contra de mi voluntad bajo el influjo de una enorme somnolencia, no son cosa mía. El caso es que tras un tiempo incierto de felicidad del que no recuerdo nada mi amo entra en la habitación poseído por el demonio y se pone a chillar:

—¡No, no puede ser! —grita histérico—. ¡Sobre la mesa había el informe de trabajo que debía presentar mañana! ¿Qué hace ahora en el suelo?

—Se habrá caído —pienso yo.

—¿Cómo han podido caerse también los libros de la estantería sobre la mesa?

—Gracias, menos mal que no me han dado —maúllo para mis adentros…

—Y, el zumo de naranja… ¿Qué hace esparcido por el suelo?

Haciendo un enorme esfuerzo miro hacia abajo, luego hacia la ventana para despistar, y luego de nuevo hacia mi amo.

—Creo que está siendo absorbido por ese montón de papeles que tú denominas “informes”…

—¿Y mi ordenador, donde demonios está? ¿Qué has hecho con él?

—¡Eh! ¡Yo no he sido! Todo el rato estaba durmiendo, poseído… —digo maullando en voz baja, eludiendo mirar la ventana por donde creo que su ordenador ha salido despedido.

Mi amo enrojece, revolotea y pierde el control, resbala con el zumo, se da un fuerte golpe en la cabeza con el escritorio y se queda tumbado en el suelo cinco segundos antes de perder el conocimiento. Yo bajo por las escaleras y con un simple gesto le hago entender a su esposa que tengo hambre. Ella, me acaricia, me da varios besos y me llena el cuenco de comida.

—¿Dónde está tu dueño? —pregunta como si no hubiera pasado nada.

Como. Bebo un poco de agua. Me dirijo al comedor donde ella lee un libro tumbada en el sofá. Me acerco y, a su lado, mientras me acaricia la espalda vuelvo a quedarme dormido. Me gusta la gente que se toma la vida con calma; y, agradezco, una hora después, que su marido haya aprendido la lección, pues todavía ni siquiera se ha movido…

©Xavier Turell i Nebot, 2016

Nuestro pequeño reto

Llega un domingo y parece que hemos vencido. Que el esfuerzo de toda la semana, haya valido la pena o no, ha vencido su ansiedad y se detienen para darnos ese pequeño momento de gloria antes de volver a empezar. El fin de semana, y sobretodo el sábado, lo dedicamos a la familia, ya que si no fuera así ésta se desvanecería como un recuerdo lejano que persiste en el fondo de nuestra mente sin poderlo saborear. Pero lo más interesante entre el tiempo de trabajo y el familiar, es un espacio que a veces sorteamos con facilidad y que tienen tanta importancia como el que más. Es el reto de la soledad, de subir a lo más alto de una cumbre y mantenerse allí a la espera; no a lo que pueda suceder a nuestro alrededor, sino de aquello que se abre en nuestro fuero más interno. Estar, sentir, disfrutar y gozar de ese momento de paz cuando uno elude la vulgaridad y desafía lo nuevo, ese, sin duda, es hoy nuestro pequeño reto.

-La vida escrita-

La vida

La vida es una larga cadena de problemas que nos tiene presos todos los días. La queja es algo tan común entre nosotros, que logra nublar nuestra mente evitando poder hallar esas pequeñas soluciones que tan desesperadamente necesitamos. Seguir avanzando en medio de tantas dificultades nos desespera hasta que, de pronto, un día observamos sorprendidos cómo alguien resuelve un problema de una forma tan inesperada, tan lejos de nuestra razón, que quedamos absortos ante el poder de nuestra propia imaginación. Quizá entonces nos demos cuenta que la usamos poco, que deberíamos retomar la fe en ella en vez de ponernos más y más nerviosos. ¿De qué sirve vivir tan estresados? Quizá cuando uno toma el control de su propia vida, la vida deja de ser una atadura para convertirse en algo más…

©Xavier Turell i Nebot, 2016

Un pollo gigante

Había una vez un pollo que nació en la granja de una multinacional muy famosa la cual fabricaba pollos como aquel que hace piruletas. Un día, nuestro pollo se cayó en el cubo de comida genéticamente modificada para que engordaran todos en tres días y, media hora después, medía casi dos metros de altura. Asustado por la situación y lleno de vergüenza, decidió abandonar a toda su familia y terminó trabajando en la granja de un humilde granjero. El hombre comprendió que el pollo estaba enfermo, así que lo alimentó con poca y buena comida, y le hizo trabajar a jornada completa durante años. Poco a poco, el pollo fue reduciendo su tamaño sin saber que todos sus familiares ya habían sido asesinados, vendidos y devorados. Él, era el único que había podido disfrutar de un buen amo, de buenas comidas, de magníficas puestas de sol… Así que, cuando un día de invierno su amo vio que ya estaba sano y que iba a cocinarlo sin dudarlo un instante, pidió en el último de sus suspiros que al menos disfrutara de él, porque en el fondo, tuvo la sensación de que todos los humanos, tarde o temprano, son todos iguales…

©Xavier Turell i Nebot, 2015

Crítica social

Una fotografía sólo capta la realidad, escogiéndola al azar entre un amplio abanico de posibilidades. Muestra sin tabúes lo que es y deriva su interpretación al sentido y a la emoción que lentamente va despertando en nuestro ser. Para unos, la fotografía se centra en el objeto, mientras que para otros lo que importa es quién se esconde tras él. Para el fotógrafo su trabajo evoca al recuerdo, ya que han pasado diez años y la fotografía que se hizo frente al espejo delata una juventud que ha ido desvaneciéndose. Para la novia que tuvo tiempo atrás y a la que abandonó representa un tiempo perdido, pues se gastó todos sus ahorros en regalarle esa máquina y luego se arrepintió. Para sus profesores una sorpresa, al ver que con ella ganaba el primer premio en su primer concurso de fotografía. Para los desconocidos las opiniones son infinitas: unos piensan que el objetivo de la cámara evoca su mirada, otros que su ceño fruncido nos transmite concentración, que quizás le falta color, o le sobra, o que no transmite nada… Y si la interpretación de una simple fotografía conlleva tanta dificultad, me pregunto cómo es posible entendernos en un mundo donde las imágenes discurren a tal velocidad que ni siquiera las vemos por separado, sin tiempo para pensar con cierta claridad. ¿De verdad lo hacemos, o sencillamente nos quedamos con nuestro incrédulo punto de vista a merced de la opinión de los demás? Demasiadas imágenes hay en Facebook, creo yo…

©Xavier Turell i Nebot, 2015